En la cárcel siento que piso terreno santo
«En
la cárcel soy testigo de la misericordia de Dios», afirma, nada más
comenzar la entrevista, don Carlos Bordallo. Este hombre, de 41 años,
lleva dos y medio trabajando como capellán en la prisión de mujeres de
Alcalá-Meco. Se siente todo un privilegiado por vivir una experiencia
tan grande, puesto que considera que la fórmula de la felicidad está
en descubrir al que nos necesita. La intensidad de su testimonio, su
fuerza y originalidad terminan por aconsejar: «Si quieres ser feliz,
vete a una cárcel. Ponte al servicio del débil».
Cómo se ve la vida dentro de la cárcel? Una sociedad se retrata a sí
misma en el trato que da a los débiles. Es más humana en la medida
en que es capaz de acoger a las personas débiles de la sociedad,
respetarlas, y no organizar sólo una sociedad para fuertes. Si en la
vida humana faltase la misericordia, no sé cómo sería, pero no
hermosa. Muchas chicas de la cárcel están muy rotas: carecen de
pasado, de presente y de futuro. Muchas saben que sólo dejarán de
sufrir el día que mueran.
¿Cuál es tu labor dentro de la prisión?
Yo creo que los miembros de la capellanía somos ante todo testigos
de misericordia. En la vida hay muchas verdades, pero una que no
puede faltar es que, después de todo lo que hayamos hecho o dejado
de hacer, seguimos siendo personas amadas. Hay Alguien que nos
quiere. La misión del capellán y de los voluntarios es intentar
poner rostro a la ternura de Dios.
¿Cómo reaccionó cuando le propusieron ser capellán de una cárcel?
Contaré una anécdota: cuando supe que mi Obispo me destinaba a la
cárcel, tenía una pregunta que hacerle al Señor: «Señor, yo sé lo
que la gente piensa de esas chicas. También sé lo que ellas piensan
de ellas mismas. Pero, y Tú… ¿qué piensas de ellas?» Menos mal que
estaba sentado porque si no, me caigo de espaldas. Me pareció que el
Señor me respondía: «¿Te refieres a mis hijas traviesas?» Me gustó
la respuesta. Les llamó hijas, y no dijo malas, sino traviesas. Por
graves que sean nuestros delitos en la vida, hay algo que no se
puede destruir: de alguna manera estamos tan bien hechos de fábrica,
que ni todo lo peor que hayamos hecho puede destruir del todo esa
imagen. Y eso es muy bonito. Ves el poder de la droga, de los
abusos, de las injusticias, de la mentira; en una cárcel ves todo
eso. Pero ves también la grandeza del Amor de Dios que sobrepasa
toda miseria.
¿Cómo es el trato con las reclusas?
No puede ser mejor. Como la nuestra es una relación donde no hay
otros motivos que nos unan, fuera del cariño, pues es una relación
cariñosa. Y las relaciones cariñosas son todas preciosas. Ellas no
nos pueden pedir que las saquemos de allí, porque no podemos; no nos
pueden pedir casi nada porque no nos dejan llevar casi nada…; tal
vez sueñen con un hombre, pero evidentemente yo no soy el hombre que
buscan… Procuramos atender a sus necesidades, pero muchas veces sólo
podemos darles cariño.
¿Cómo es la experiencia de ellas cuando ven la misericordia de
Dios?
Una chica me dijo un día: «Carlos, si hubiera conocido antes a más
hombres como tú, yo no estaría aquí». Por un lado gusta oír algo
así, pero por otro es muy triste, porque pone de relieve la
responsabilidad que tenemos los unos en la vida de los otros.
Influimos unos en otros para el bien o para el mal. Más que un
piropo hacia mí, lo que estaba describiendo esa chica era: ¿Cómo (de
dura) habrá sido mi vida para tener que decir esto ahora? Agradecen
mucho que las quieran. Cuando nos quieren, todos nos sentimos bien,
incluso dentro de una cárcel.
¿Qué actividades hace capellanía con las chicas?
Tienen 8 horas al día en las que no están encerradas en las celdas.
Ellas las llaman chabolos. Cuatro por la mañana y cuatro por la
tarde. Ésas son las únicas horas que podemos verles: de 9:30 a 1:30,
y de 3:30 a 7:30. Por lo demás, la cárcel nos genera mucha
actividad: hay reuniones, encargos que hacen las chicas, coordinar a
los voluntarios de capellanía que están a mi cargo, tenemos que
comer juntos, vernos, hablar…; eso sí, cuando vas allí, no haces
ningún plan porque te lo dan hecho. El plan allí es el cariño. Llego
allí y ya no me dejan solo. Muchos días, es que ni salgo de la
capilla, porque no me dejan. Cuando puedo voy a los módulos y a la
enfermería. Hay también un módulo de castigo o aislamiento, que es
muy, muy duro. Allí puedo ir a verlas también, lo cual es un signo
de que en lo fundamental los derechos humanos son respetados y
entendidos en la cárcel. No por estar castigadas en un módulo de
aislamiento dejan de tener derecho a la asistencia religiosa.
También puedo ir a los talleres, donde están trabajando. Hay Misas
los sábados y los lunes.
¿Qué les diría a las personas que no conocen la realidad de la
cárcel?
Me gustaría que más gente fuera voluntaria a las cárceles. Uno se
lleva más bendición que la que deja. Muchas veces la gente tiene
crisis porque no ven a Dios, no ven nada…; pues yo les diría: «Vete
de voluntario a una cárcel, y ya verás cómo ves todo lo que tienes
que ver, lo que quieres y lo que no quieres». Los dones que cada uno
tiene cobran sentido cuando los pone al servicio de los demás. Si
no, se convierten en bombas que nos estallan en las manos. Ésa es la
fórmula de la felicidad: ponernos al servicio de los demás. Si la
gente quiere ser feliz, que vaya a las cárceles, a los metros, a las
residencias de minusválidos, que se ponga al servicio de los
débiles. Y empiece por querer a quien tenga al lado. Yo tengo
conciencia de ser un privilegiado. Ir a al cárcel es un privilegio.
Cada vez que entro siento que piso tierra santa. Es como si el Señor
me dijera: «Carlos, ojo con lo que haces con mis chicas, que yo las
quiero mucho. Descálzate, pues te pediré cuentas».
Ya lo dijo Él: «Estuve preso y viniste a visitarme»